Historia finisecular del Señor Gongorino y su hijo peregrino en tránsito por el Gólgota
“Tu padre eres tú”
Cesar Pavesse
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Apareció de repente sin avisar, en el umbral de la puerta. Llevaba un saco o paltó color beige a la vieja usanza, como el Benny en sus buenos, buenísimos tiempos, camisa tipo guayabera blanca de hilo con cuello chino, botonadura de oro y zapatos de dos tonos. Las manos cruzadas al frente sostenían un paraguas negro de extensión, su pelo cano, impecablemente cortado, peinado hacia atrás y un bigote muy fino, casi un dibujo sobre el labio superior le daban todo el aspecto de un venerado monje tibetano que hubiese extraviado el camino en busca de una frutilla. Apareció a contra luz como aparecen los apóstoles o los guerreros en las estampitas que venden en las plaza de armas, a orillas del muelle, en el centro de la vieja ciudad, y que de niño tanto ansió coleccionar. Su imagen diminuta ocupo de golpe el taller en toda su extensión dejando mudos por igual a hombres y a herramientas.
Esa mañana, el taller tenía su actividad habitual, con la diferencia que este parecía ser un día de esos en que no vale la pena estar vivos, al menos así lo había estado pensando, desde temprano, el hijo mayor de Caruca, La Reina de La Carraca. Mucho le había costado levantarse en la mañana. En los últimos tiempos, no había un día en que no sintiera, sobre todo al amanecer, el peso ingrávido de la desesperanza. Día tras día luchaba a plena luz, contra lo que él llamaba los espíritus inconscientes y retorcidos del mal pensar y al caer la tarde, estos se refugiaban dentro de los límites de su cuerpo y provocaban un sueño inconstante y pesado durante toda la noche. Así pues, amanecía con la salud de un soldado cruzado que regresa convaleciente de su campaña medieval. Después de pensarlo dos, tres veces, se animó y se incorporó desganado y con pasos de geisha en celo rascándose una nalga, más por placer y costumbre que por cosquillas, se acerco al baño, abrió el grifo y dejó que corriera el agua. Pensó por un instante en Etiopía, siempre le sucedía igual, no hacía más que ver el agua escaparse por el sutil agujero y a su mente acudían todos los países africanos con su caluroso sol, sembrado en medio del cielo que pareciera que nunca se pone, sus moscas y su sequía; la negritud lo hacía estremecerse tanto como la noche. El vidrio del botiquín comenzó a empañarse con el vapor del agua y devolvía un rostro demacrado con barba rala de tres días. La más(+)cara y el espejo, pensó. Esto tendrá que acabar alguna vez, dijo mirando al espejo, acaso crees que no me doy cuenta que los días pasan y yo sigo siendo y sintiendo lo mismo, padezco el síndrome cervantino “De todas partes me llegan avisos de que me apresure”, pero, nada cambia para este hijo de nobles; tal vez por eso envejezco poco, quizás mi retrato lo haga como el de Dorian Grey. El tedio es vicio, el vicio es tedio, ¿Qué haría en este caso, mi querido y aristocrático amigo Donatien-Alphonse-François?, seguramente buscar entre las zarzas alguna vulva cautiva que zaherir. Sonriendo entró en la bañera y con placer, recordando los espejos ustorios, la desnudez de Arquímedes, su conjetura y su grito de ¡Eureka!, se hundió lentamente bajo la espumosa agua. |